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Chavales que pegan a sus padres

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NOTICIAS Chavales que pegan a sus padres

Mensaje  INFOPOLICIAL el 03.02.14 13:51




Hasta que no le des cincuenta besos a tu madre no sales de aquí». El chaval de 17 años que recibe la orden de Manuel Madrid, el director del centro de internamiento de menores Tierras de Oria, en Almería, es en realidad un mocoso con cara de crío, mejillas imberbes, mirada huidiza. Pedro también es un armario de casi cien kilos de peso, 1,90 de estatura y un par de brazos más duros que el acero que sigue moldeando entre rejas a razón de 200 flexiones diarias. Es su tercer ingreso. Así gasta la energía que no hace mucho descargaba sobre su padre, al que le reventó la cara a puñetazo limpio una noche en la que llegó a casa ciego de alcohol y marihuana. ¿El motivo? No le dejó hacerse «un porro». Los insultos y los golpes convirtieron el hogar de los García -todos los nombres son ficticios para proteger a los menores- en un infierno sin salida. Una situación que cada día afecta a más familias españolas, donde los adorables adolescentes de antaño, los que daban cincuenta y hasta cien besos a sus padres porque sí, porque así se demuestra el cariño, se convierten en diablos con un pronto temible.

Las cifras son para echarse a temblar y no han parado de crecer desde hace cinco años. «Alrededor del 25% de los casos de los Juzgados de Menores son ya por maltrato de hijos a padres», calcula el juez Emilio Calatayud, conocido por sus sentencias pedagógicas. Es decir, unos 7.500 en el último año. La Sociedad Española de Pediatría Extrahospitalaria y Atención Primaria, por su parte, registró 9.000 incidentes de violencia filio-paternal en 2012, de los que solo se denuncian «alrededor del 20%». Casi el doble que en 2004, cuando quedaron registrados 5.000 casos de chavales «que se suben a la chepa sin que nadie les ponga límites», valora Pedro Gorrotxategi, presidente de la Asociación de Pediatría y Atención Primaria en el País Vasco. Un problema que Gorrotxategi ya trata en jóvenes menores de 13 años en su consulta y que ha encendido la alarma entre los expertos. «He visto padres totalmente desesperados, padres que han entrado a mi despacho con las piernas y la boca rotas… Padres que me pedían que encerrara a su hijo por Navidad para que pudieran pasar unas fiestas tranquilas. Estamos ante una emergencia nacional», alerta sin remilgos el juez Calatayud. También piensa así el responsable del reformatorio Tierra de Oria, que cada vez recibe «a más chavales con actitudes machistas, con penas por violencia de género y, sobre todo, por maltrato en el ámbito familiar. Después del robo, la causa más común de internamiento. Los datos en este campo son preocupantes».

«Hay muy pocos ‘cucos’»

Tierras de Oria es el mayor centro de menores de España. Tiene una capacidad máxima para 149 adolescentes y entre sus muros trabajan 212 personas entre educadores -la mayoría-, vigilantes, psicólogos, psiquiatras, mediadores culturales y traductores para los extranjeros -principalmente magrebíes-. «Profesionales cargados de salero y cariño, cuyo único objetivo es sacar a estos chicos adelante», cuenta Manuel Madrid desde su despacho, en la zona noble de este coloso de chapa, piedra, hormigón y cortantes alambradas, levantado en medio de una nada de almendros y olivos. La población más cercana, Oria, de unos 2.800 habitantes, está a diez kilómetros. Una distancia que hace doce años se antojaba más que insuficiente para los vecinos, que se rebelaron contra la construcción del centro: los obreros tenían que poner piedra sobre piedra con protección de la Guardia Civil y al reformatorio se llegaba siguiendo «los carteles quemados», recuerda Madrid. Hoy genera admiración por sus métodos y sus resultados. El 80% de los internos, «incluso aquellos con los perfiles más difíciles», acaban reinsertados. Como aquel crío que cosió a navajazos a una chica sudamericana, a la que dejó en silla de ruedas, y que hoy vive felizmente casado. Incluso acaba de firmar un crédito para un piso en una notaría de Granada. O el de otro que violó a una joven de 18 años y que ahora vende palomitas en un centro comercial. Son historias muy duras. Historias llenas de dolor, pero también de esperanza.

Tierras de Oria retiene en estos momentos a cinco menores con muertos o agresiones sexuales a sus espaldas. «Los casos de alarma social son mínimos», quita hierro Manuel Madrid. «Hay muy pocos ‘cucos’ -condenado a dos años por encubrir el crimen de Marta del Castillo- y muy pocos ‘rafitas’ -uno de los asesinos de Sandra Palo-», ejemplifica el magistrado Calatayud. «El 80% de los chavales que cometen delitos no son delincuentes, solo necesitan un escarmiento. Hay un 10% con el que hay que trabajar más y otro 10% que es carne de cañón y que no va a cambiar aunque se endurezca la ley. Pero estamos salvando del sistema penitenciario a un 90% de esos críos».

Por dentro, esta cárcel para menores se parece mucho a un internado y los candados, las rejas y los miembros de seguridad llegan a pasar desapercibidos para el visitante. No tanto para Rodrigo, por ejemplo, que con 18 años recién cumplidos saldrá dentro de dos meses y sabe que no tiene muchas más oportunidades de ser un hombre libre: «Lo siguiente es el talego y allí no te cuidan como aquí. Eso ya es otra cosa». Él no daba ‘palos’ en casa, sino en comercios: «Robaba la ‘caja’ de algunas tiendas. Una vez nos llevamos 800 euros. Siempre para lo mismo: pillar coca y unos porros y pegarnos la fiesta. Pero yo soy el responsable de mi destino. Ahora quiero salir adelante. Puedo salir adelante». Rodrigo es un chico alto y fornido, de manos gruesas, rostro rubicundo cubierto de acné y una cresta sin engominar que se estila mucho entre los chavales del centro. Un hombretón que ha acabado por entender el significado de la palabra arrepentimiento. «No pensaba en lo que hacía. Con el tiempo te das cuenta. A mí no me hace falta consumir ‘na’ y la gente a la que le robaba en las tiendas no tenía ninguna culpa», reflexiona. Tiendas como la de su padre, como la que da de comer a su familia. Qué paradoja. «Ellos siempre me han apoyado a muerte. Les he hecho sufrir mucho y es de lo que más me arrepiento. Pero siguen ahí, confiando en mí. ¡Y mi novia igual!». Se enorgullece. También de que sus robos fueran «siempre sin navaja ni cuchillos. Nunca me han gustado». Cumplió 12 meses de pena y disfrutaba de la libertad vigilada cuando el pasado marzo volvió a meterse unas rayas y a fumarse unos porros un fin de semana de permiso. Cayó «en la tentación» y dio positivo en las pruebas de tóxicos que realiza el sistema judicial cuando los chavales vuelven del permiso. Tuvo que ‘comerse’ otro año en Tierras de Oria.

Las drogas son protagonistas en muchas infancias quebradas. Han hecho estragos en las inmaduras cabezas de estos muchachos. «Por eso abogo por ilegalizar el botellón», reivindica el juez Calatayud. Hace diez años, el centro tenía un módulo de salud mental y ahora existen cuatro. Algunos de sus ‘habitantes’ sufren esquizofrenia, paranoia… Aunque también abunda el déficit de atención e hiperactividad, el síndrome de Asperger y los ‘borderline’, el trastorno de personalidad más común. Chicos que «solo necesitaban un tratamiento médico. De haberlo tenido antes, quizá no hubieran cometido ningún delito».

Enrique es «un ‘borderline’ de libro», describe Manuel Madrid, que tiene clavado en la memoria el día que su abuelo le visitó en el calabozo y rompió a llorar. «Lloraba mucho. Lo vi partido en dos. Él me ha criado. Aquello me hizo pensar». Fue un punto de inflexión para él, hasta entonces un joven desquiciado por culpa de fiestas interminables, bañadas en «mucha coca y muchos porros» y pagadas «con el oro que le robaba a mi familia», confiesa entre susurros, con la mirada esquiva. Aquel día, su madre le había quitado «la plata que tenía escondida para fumar el ‘revueltillo’ de coca» y Enrique explotó por enésima vez. Reventó media casa a coces. Y María, que no podía más, se intentó suicidar. Después llegó la denuncia. «La medida más adecuada cuando se ha agotado la vía amistosa, por muy duro que sea para los padres», recomienda el juez. Enrique, que ahora tiene 19 años, pasa el tiempo escribiendo cartas a su madre y a su abuelo. Y soñando con cambiar coces por paseos a lomos de su jaca de color tordo y de nombre ‘Bufío’. «Será lo primero que haga cuando salga». Después de darle 50 besos a su madre, claro.

«Mi familia es peor que yo»

‘Nani’, por el contrario, no quiere saber nada de su familia. «Es peor que yo. Mi padre no ha dejado de pisar la cárcel. Mi familia son mis suegros y mi mujer». Porque, con 18 añitos -cuatro de ellos recluido en centros de menores-, ‘Nani’ ya se ha casado. Y quiere tener dos hijos. A ellos quizá les enseñe el noble arte del Muay Thai, una especie de kickboxing tailandés que se ha convertido en su pasión. Hasta hace bien, su mayor afición era asaltar casas de noche y atar y amordazar a los moradores con sus propias manos, que por entonces eran las de un niño de poco más de catorce años. «Alguno se resistió y tuve que darle un ‘palo’», explica sin remordimientos mientras enseña cicatrices de guerra y relata fechorías con el aplomo de un preso experto.

‘Nani’ se arrepiente «de unas cosas, no de otras». Diferencia entre aquellos a los que robó «y no tienen nada» y quienes «abusaban de otros. Traficantes y esas cosas». Trata de justificarse como un Robin Hood moderno, aunque él no desvalijaba a los ricos desde los once años para dárselo a los pobres, sino para gastárselo en farlopa. ‘Nani’ tiene un aspecto frágil y es bajito, ronda el metro sesenta, pero cuenta que ha visto el miedo en las caras de sus víctimas. Ahora, el que tiene miedo es él: «No sé lo que me podía haber pasado… Me podían haber pegado un tiro o un navajazo, qué se yo. Ahora quiero tener buenas amistades, una buena familia y un trabajo».

De encontrarles una ocupación, misión casi imposible en estos tiempos, se ocupa el centro de inserción laboral enclavado en Purchena, donde los chavales recorren un camino que va desde la formación reglada hasta sus primeros contratos laborales. Antes, con la burbuja inmobiliaria cogiendo aire, en el mármol y la construcción. Ahora, en «parcelas agrícolas abandonadas y recuperadas, cuyos productos son comercializados por estos jóvenes, que salen preparados para el mundo laboral», recalca la directora de este servicio, Isabel Romero. «Yo cuando hablo con los alcaldes de la zona lo que quiero es que me contraten a cinco chavales», se sincera Madrid.

David, por ejemplo, quiere ser peluquero, aunque todavía le quedan unos meses en el correccional. Le pillaron con «algún kilo» de marihuana en las manos, la misma que consumía con fruición hasta hace poco como si no hubiera un mañana. Los porros se llevaron a aquel chaval que pasó directamente de primero a tercero de Primaria gracias a sus capacidades intelectuales. A partir de sexto dejó de ir a clase, empezó a fumar ‘petas’ y repitió curso. «Últimamente me he portado muy bien», admite con media sonrisilla y los ojos achinados. Él, al menos, pudo obtener una recompensa a su comportamiento el día de Reyes y pasar esa fecha tan señalada en casa, como ocurrió también en Nochebuena. En Nochevieja nunca dan permisos en Tierras de Oria. «Potenciamos la relación con la familia, no con la fiesta», observa Madrid, que tampoco falló este año a la cena del 24 de diciembre en el centro con los menores sin permiso y sus familias. «Es un placer», reconoce. «Los chicos son muy agradecidos; algunos disfrutaban sentados en las rodillas de los Reyes Magos que nos visitaron esos días. Son chavales que, en algunos casos, no han recibido un regalo en su vida».

No es el caso de José, un chaval enjuto y espigado que a sus 17 años ya parecía tenerlo todo. Desde un amor incondicional por el Albaicín hasta una prometedora carrera como mediapunta en las categorías inferiores del Granada. Lo que también tenía era la mano larga con su novia, a la que humilló delante de la pandilla tirándole una copa en la discoteca y arrastrándola después por el suelo, en plena calle. Una parte de su currículo -«peleas, las compañías, la droga»- que prefiere ocultar durante la conversación. Lleva más de dos meses encerrado y le quedan casi otros 20. «Me siento preso», confiesa. «Una hora en la calle es un segundo y un segundo aquí es una hora», poetiza. Sueña con volver a entrenar y con algo menos sano: «fumarme mi porro tranquilo en el Albaicín». Y sigue soñando: «Me gustaría ser como Xabi Alonso, un tío elegante. Cristiano Ronaldo y Neymar son unos mequetrefes». De todas formas, ni fútbol ni ‘maría’. Para José, el regalo más deseado es «la libertad».

Un guantazo a tiempo

A muchos de ellos, quizá, lo que les ha faltado es disciplina. Incluso un buen guantazo a tiempo. «Nos estamos olvidando del artículo 155 del Código Civil, que dice que los hijos deben obedecer a sus padres mientras permanezcan bajo su potestad, y respetarles siempre. Ahora, los críos abusan de sus derechos y hacen dejadez de sus deberes, lo cual se convierte en un problema mayor cuando los padres están desautorizados por ley y no pueden corregir razonable y moderadamente determinados comportamientos», protesta Calatayud. Ahora, después de la modificación del Código Civil que realizó el Gobierno de Rodríguez Zapatero, los padres pueden ser castigados por dar una torta a sus retoños. «No debemos confundir un cachete con maltratar al menor, y sería bueno que el Estado devolviera a los padres esa posibilidad de corregir a nuestros hijos», ilustra el juez. En esta misma línea, el consejero de Justicia andaluz, Emilio de Llera -fiscal de carrera-, cree que «habría que volver a analizar» el uso del cachete «en último extremo y pensando que el daño que se le causa al menor no es mayor que el que se pretende evitar».

El problema es que muchos progenitores, según los expertos, suelen tener la etiqueta de «culpables» además de la de «víctimas». Culpables de «pasar del padre autoritario al padre colega por el complejo de ‘joven democracia’, que nos ha hecho cambiar de un extremo a otro», explica el magistrado en su nuevo libro, ‘Buenas, soy Emilio Calatayud…’, escrito en colaboración con el periodista del ‘Ideal’ Carlos Morán y que Planeta publica el 4 de marzo. «Yo no soy el amigo de mis hijos porque los dejaría huérfanos. A veces eso implica decir ‘no’, poner límites». Cuando el niño bonito de la casa cumple ocho años y ya no hay quien pueda con él, «está claro que con quince será el ‘sheriff’ y te va a sacudir», advierte.

Los psicólogos prefieren definirlo como el ‘síndrome del emperador’. En cualquier caso, hay un detalle que puede ayudar a explicar un delito que ni siquiera existía a principios de este siglo: no hay menores gitanos condenados por golpear a sus padres. «Su cultura se lo impide. Para los gitanos, insultar o pegar a los mayores es algo inconcebible, una frontera que no se traspasa. Debería servirnos para aprender».

Fuente: elcorreo.com





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